Póster de la película. / Imagen de wallpaperup.com

Cine, Entretenimiento

The Possession of Michael King: el peligro de no creer

Fernando Roura

14 de Mayo de 2021

The Possession of Michael King, la película de hoy y entre cuyos mayores méritos figura el de ser una muestra del cine de posesiones demoníacas que intenta alejarse de la omnipresente influencia del gran tótem del género: El Exorcista de William Friedkin.

Considero que hay tres películas que han logrado renovar, en mayor o menor medida, los subgéneros en los que se inscriben. La primera de ellas obvio es de la que hablaré hoy, la segunda es Afflicted, película independiente que fue el debut de Derek Lee y Clif Prowse (directores y guionistas) y que nos ofreció una mirada original, moderna y urbana a un género vampírico acostumbrado a sufrir todo tipo de experimentos y excesos. El segundo título es Wer, la soberbia película de William Brent Bell (The Devil Inside) que ha sabido mezclar, con una rotunda eficacia y con un resultado final encomiable el thriller más oscuro con un género tradicionalmente mucho más estático como es el de los hombres lobo.

Ahora que me tomo un par de segundos para pensarlo mejor, supongo que el término “renovar” resulta demasiado ambicioso y exagerado, pero sí estoy convencido de que, al menos, estos tres títulos han supuesto, como mínimo, aire fresco a sus respectivos subgéneros. Además, las tres películas comparten un rasgo en común: todas ellas podemos incluirlas en el ocasiones denostado, subgénero del falso documental (mockumentary) o del metraje encontrado (found footage).

Tras la trágica muerte de su mujer embarazada, Michael King se embarca en un nuevo proyecto audiovisual que consistirá en grabarse a sí mismo desenmascarando a toda una serie de médiums, exorcistas y nigromantes que viven instaurados en el negocio de la muerte y el más allá. Pero el proyecto tiene consecuencias terribles para Michael: un oscuro demonio acabará siendo dueño y señor de sus propios actos.

Escena de la película. / Imagen de IMDB


Michael es un hombre adulto, ateo convencido y que, evidentemente, no ha superado la muerte de su mujer. Su obsesión por sacar a flote las mentiras y engaños de toda una fauna de médiums, exorcistas y demás que se alimentan de la ingenuidad y vulnerabilidad de sus clientes, probablemente sea una manifestación de ese autoproclamado ateísmo del que hace gala el protagonista. Pero parece evidente que hay algo más. Probablemente Michael busca, desesperadamente, la oportunidad de volver a estar junto a su esposa y su hija, y ese submundo de falsos visionarios y oscuros representantes del más allá que él aborrece y desprecia a partes iguales, quizás sea, en realidad, su única esperanza de conseguirlo.

Escena de la película. / Fuente: IMDB


Esa misma obsesión empuja a Michael a lanzarse de cabeza y en plan kamikaze, a una vorágine de falsas sesiones de espiritismo, fetichismo de ultratumba. Esa predisposición de Michael al universo de lo oculto y de la muerte, unido al extravagante trayecto que emprende en la producción del documental, desembocan en el inicio de una transformación de terribles consecuencias. Michael será poseído por un milenario demonio que pondrá en peligro su propia vida y la de sus familiares más cercanos.

Escena de la película. / Fuente: IMDB


Y es en esa transformación, en esa posesión sufrida por el protagonista, es donde la película del debutante David Jung intenta alejarse, rebelarse, con todas sus fuerzas, al influjo de El Exorcista de Friedkin. En The Possession of Michael King no hay jovencitas adolescentes vistiendo camisón blanco, no hay vómitos, ni exabruptos en latín, ni visitas al hospital, ni sacerdotes con problemas de fe o conciencia, ni camas que levitan… En lugar de todo esto experimentamos la posesión de Michael como si de la evolución de una enfermedad degenerativa se tratara.

Degradación. Agotamiento. Oscuridad. Violencia. Voces en su cabeza que le incitan a destruir todo aquello que hay de bueno en su vida. Y todo ello servido por Jung sin grandes alardes de efectos especiales, aprovechando fantásticamente los recursos que le otorga el found footage y sin recurrir constantemente a los clichés del género.

A la fórmula le añadimos un par o tres de sustos perfectamente planeados y ejecutados, el humor negro de la primera mitad de la película, y la encomiable labor Shane Johnson, actor que da vida a Michael King; y el resultado final es un caballo ganador por el que deberíais apostar. Lástima que justo al final, en la última secuencia de la película (en la que se dirime el destino final de Michael), se asoma la alargadísima sombra de El Exorcista.