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Trump deja la Casa Blanca por última vez

Coyote Global

Sobre despedidas y gobiernos de facciones

Mauricio Vázquez Medellín

20/Enero/2021

La despedida del primer presidente de los Estados Unidos arroja importantes reflexiones bajo las que se puede analizar la despedida del presidente Trump

En su discurso de despedida pronunciado durante 1796, George Washington, advertía a los ciudadanos estadounidenses sobre los peligros de política partidista, afirmaba que los partidos políticos amenazaban en “convertirse en motores potentes a través de los cuales hombres maliciosos, ambiciosos y sin escrúpulos serían habilitados para subvertir el poder de manos del pueblo y usurpar para ellos mismos las riendas del gobierno, destruyendo tras de sí a las mismas estructuras que han encumbrado su dominio injusto”. El mandatario que sentó las bases de la institución presidencial afirmaba que era indispensable dejar a un lado las diferencias partidistas para que se pudiera constituir un gobierno para la totalidad de los ciudadanos.

El tiempo tiene la increíble facultad de poner todo en perspectiva, haciendo que la advertencia hecha por Washington adquiere todavía mayor relevancia en la sociedad contemporánea, sin embargo, a partir de las perspectivas históricas surge un halo oscuro que arroja su luz sobre el principio e inminente fin de la presidencia de Trump. En 2016, cuando ganó la elección presidencial contra la candidata demócrata Hillary Clinton, fue ampliamente cuestionada su legitimidad como presidente. Esto se debe a que se convirtió en el segundo candidato a la presidencia desde el inicio del siglo XX que lograba una mayoría en el Colegio Electoral sin lograr una mayoría en el voto popular. En 2020 al buscar su reelección fue derrotado por Joe Biden, sin embargo, lo que ahora y quizás siempre le sea cuestionado es cómo decidió afrontar la derrota.

Es fácil estar de acuerdo con que a nadie le gusta perder, pero cuándo el reconocimiento de una derrota va de la mano con la toma de decisiones que afectan la vida de millones de personas, lo institucional debería pesar más que cualquier susceptibilidad personal. Las actitudes poselectorales de Trump demostraron la fragilidad inherente de las democracias cuando el discurso sobre el que se basan los proyectos políticos se apoya abiertamente en una retórica que explota las líneas partidistas que suelen dividir a las sociedades democráticas.

El hecho de que un presidente abiertamente haya apoyado a quienes que se disponían a malograr la certificación de un resultado electoral es algo sin precedentes en la historia de los Estados Unidos, esto sumado a la negativa de Trump por reconocer tácitamente los resultados sólo pueden ser parte de una estrategia política desesperada por aferrarse a una sustantiva influencia política. Las acciones y el discurso del mandatario republicano dan indicios de sostenerse como un gobierno para la facción que lo apoya, en detrimento de la unidad nacional que debería auspiciar la figura presidencial.

Reloj instalado por el artista Matthew Barney que contaba los días hasta que Trump dejara la presidencia.

El día de hoy, a escasas horas de que se llevara a cabo la confirmación de su sucesor, el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos abandonó la Casa Blanca en lo que supone el final de una presidencia que prometía volver a engrandecer a los Estados Unidos. En su despedida Trump hizo énfasis en la importancia de su proyecto político afirmando, entre otros logros su administración “hizo lo que prometió que vendría a hacer”. La evaluación de su periodo presidencial queda para la posteridad, pero lo que es negativo per se son los precedentes de abuso de poder, obstrucción a la justicia e incitación a la insurrección que el mandatario sentó para cualquier persona que pueda llegar a ocupar la Oficina Oval en el futuro. Finalmente recalcó que “estaremos de vuelta en alguna forma”, implicando que esta forma de hacer política ha llegado a los Estados Unidos para quedarse.
La polarización política que impera en los Estados Unidos ha llegado a infectar todas las instituciones formales de gobierno: la Presidencia, el Congreso e incluso la Suprema Corte. El llamado “cuarto poder”, los medios de comunicación, se alimenta de las luchas partidistas avivando la polarización política en todos los ámbitos institucionales que envuelven a la sociedad estadounidense. La polarización indudablemente sesga el debate público. Cada facción tiene sus medios de información, representantes e inclusive presidente. Estas condiciones hacen imposible el consenso político gracias a que cada grupo afronta los problemas públicos con “otros datos”

En su discurso, Washington falla en dar una solución que sea adecuada para el mundo contemporáneo, por lo que queda en manos de sus sucesores encontrar respuesta a las problemáticas de la polarización, en función de esto es vital preguntarnos: ¿cómo podemos discutir sobre los asuntos públicos si cada facción confronta el problema según le acomode a su construcción de la realidad? Y partiendo desde este punto ¿cuáles son los criterios (normas, leyes o valores) sobre los que debemos basar nuestro debate público para contrarrestar el faccionalismo?