Póster de Pontypool. / Imagen de ELT Blog

Cine, Entretenimiento

Pontypool, ¿se puede matar a una palabra?

Fernando Roura

3 de Mayo de 2021

Palabras, palabras, palabras… teléfono, armario, tienda, salón, especie, sal, libro, pulsera… ¿alguna de estas palabras será la escogida?

A través de la palabra podemos expresar nuestro estado de ánimo. Nuestros sentimientos hacia otra persona. A través de la palabra podemos transmitir una buena noticia, prestar apoyo, dar ánimos, revelar una verdad… Pero a través de la palabra también podemos mentir, humillar, herir, provocar la ira y el odio de quiénes nos escuchan, incitar a la revolución, a las armas… matar.

Nuestras palabras suelen ser un fiel reflejo de quiénes somos y de cómo somos.
Por todo ello deberíamos ser responsables de nuestras propias palabras, pero… ¿lo somos realmente?

¿Qué ocurriría si en plena era de la información (de la sobreinformación), cuando nuestros oídos parecen condenados (y acostumbrados) a escuchar cualquier tipo de argumento, venga de donde venga, y por más banal o simplemente estúpido que éste resulte; de pronto esas mismas palabras de las que les hablo se revolvieran furiosamente en nuestra contra y fueran las causantes de nuestra aniquilación?

Un panorama parecido a este es el que dibuja el canadiense Bruce McDonald en su película de bajísimo presupuesto Pontypool, basada en la novela de Tony Burguess Pontypool changes everything.

Durante una fría noche de invierno el experimentado locutor de radio Grant Mazzy (excepcional interpretación de Stephen McHattie) se dispone a iniciar su programa en la emisora local de Pontypool. Pronto le llegarán noticias del exterior que hablan de un extraño virus que está afectando al comportamiento de los habitantes de la pequeña localidad canadiense.


Escena de la pelícual. / Imagen de IMDB


Soy el primero en reclamarle al cine de terror un plus de originalidad. Historias novedosas que no hayamos experimentado con anterioridad. O quizás las mismas historias de siempre, pero contadas desde un punto de vista insólito, atrevido, distinto.

Grant Mazzy. / Fuente: IMDB


Pontypool recoge el testigo y nos cuenta una típica y apocalíptica historia de infecciones desde una perspectiva tremendamente novedosa. Bruce McDonald huye de todo cuánto pueda resultar explícito u obvio y construye, de manera espléndida durante los primeros cuarenta minutos de película, una auténtica pesadilla que va tomando forma únicamente a través de la palabra. La profunda voz de Grant Mazzy, un experimentado locutor que ha acabado sus días en una pequeña emisora local, nos va ofreciendo, poco a poco, las piezas necesarias para construir un terrible rompecabezas cuyo resultado final pondrá nuevamente en jaque a la raza humana.

Escena de la película. / Fuente: IMDB


Es sorprendente comprobar cómo Bruce McDonald es capaz de dirigir toda nuestra atención en los sucesos que se van desgranando en la película cuando, en realidad, lo único que estamos viendo en la pantalla es a un viejo y cansado vaquero sentado frente a un micrófono de radio. Creando un contexto de tensión y terror recurriendo, únicamente, a la palabra (y por supuesto a nuestra capacidad, como espectadores, de imaginar lo que posiblemente se esconda tras cada una de esas palabras). No hay sangre, apenas hay violencia explícita (a excepción de una pobre infectada dándose de cabezazos contra un cristal), ni siquiera acción y sin embargo asistimos a un verdadero escenario pre-apocalíptico que nos preocupa y nos mantiene alertas.

Cómo ya he dicho antes, el mérito es enorme. Y el riesgo asumido por parte de Bruce McDonald también lo es. Pontypool está muy lejos de ser una película fácil.

Para muchos, un novedoso y fascinante punto de vista hacia el género de los infectados y/o zombis. Pero estoy convencido que para muchos otros no será más que una propuesta pretenciosa, vacía, agotadora y tremendamente aburrida. La línea que separa una percepción de otra, en esta ocasión, me parece que es muy fina.

Y es que Pontypool, pese a que un servidor la disfrutó como un magnífico ejercicio de suspense y tensión que logró captar, desde su mismo inicio (con el surrealista diálogo en off que inaugura la película), toda mi atención; dista mucho de ser una película perfecta.

Hay un par de detalles importantes que juegan decididamente en su contra. El primero de ellos es la forzadísima aparición de un personaje (el doctor) cuya única misión parece ser la de dar el máximo de explicaciones (muchas de ellas reiterativas y superfluas) en el mínimo espacio de tiempo. No era necesario. Da la impresión de que a Bruce McDonald, en un momento dado, le asaltaran las dudas de si el espectador sería capaz de comprender todo lo que estaba sucediendo en Pontypool, y decidiera, finalmente, introducir al mencionado personaje para intentar dejar las cosas más claras. Repito, no era necesario.

El segundo defecto hace referencia al exceso de equipaje en el tercio final de la película. Está claro que los diálogos, lejos de ser un recurso más o de dar simplemente apoyo a las imágenes que los acompañan, son la base sobre la que se fundamenta una película como Pontypool. Nada que objetar al respecto. Es la carta a la que juega Bruce McDonald y su apuesta le sale realmente bien durante la mayor parte del tiempo.

Pero también es cierto que, en ocasiones, y debido al exceso de diálogo, crece la sensación de que uno no sabe muy bien hacia dónde se dirige Pontypool. Los protagonistas llegan a conclusiones sobre el mal que les afecta por caminos, en ocasiones, difíciles de comprender, confusos. Son instantes en los que resulta fácil perderse ante la marea de explicaciones, teorías, suposiciones, etcétera que, supuestamente, dan respuesta a todo lo sucedido con anterioridad en el film.

Pese a todo, Pontypool es una magnífica película. Una propuesta formalmente minimalista que hace del diálogo y la palabra su principal baluarte y una de las miradas más originales y arriesgadas de los últimos tiempos al anquilosado género de los infectados/zombis. Pero eso sí, sean conscientes de que no es una película fácil y que, sin duda alguna, no gustará a todo el mundo.