Coyote Global, Opinión

La transición oscura

Ángel Enrique DUpuy

7/Enero/2021

Trump perdió, McConnell y Pence ya lo aceptaron. El #MAGA es divisor, es polarizador, es extremista y es conservador de los ideales de 1930. ¿Queremos progreso? El #MAGA no es progreso, es retroceso.

Tuvieron que pasar casi 156 años para que hubiera un intento golpista por parte de un presidente en “América” para rehacerse del poder absoluto. El quedarse con el puesto durante 4 años más es inviable, el personaje se ha convertido no solo en un monumento a favor del extremismo de la derecha y la supremacía blanca, sino en el presidente que ha intentado sabotear a su mismo vicepresidente con vistas a ser un demagogo de tipo “Thanoso”, es decir, indestructible sin las gemas del infinito.

De magnate empresarial a pasar a la historia como el presidente que no vela por la democracia en el país que impone la democracia en Oriente Medio, América del Sur y Asia. ¿Con qué legitimidad ahora Estados Unidos de América querrá imponer democracia en el exterior?

Las realidades pueden ser distintas, es cierto, México no puede tener una comparación directa con la democracia estadounidense. A principios de 1800 el Partido Republicano era el que se negaba a la expansión económica al querer sólo una economía agrícola en donde los pequeños empresarios se vieran beneficiados.

El Partido Federalista, era el que impulsaba las manufacturas, los aranceles y la creación de un banco nacional (la Reserva Federal). Años después la historia cambiaría; el Partido Republicano sería el promotor del capitalismo, las manufacturas y los aranceles y el Partido Demócrata el estandarte de la “justicia social”.

Sin embargo; ambos partidos han tenido en mente que la institución democrática es la narrativa que ha llevado al país a flote durante el siglo XX y principios del XXI. Hay malos momentos como la Gran Depresión de 1929, la guerra de Vietnam, la mala suerte de la dinastía Kennedy, el asesinato de Martin Luther King o las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, pero estos han sido canjeados por el que sus ciudadanos puedan votar por sus representantes.

Ha sido una lucha constante por parte de las minorías, etnias y razas que se encuentran en suelo estadounidense por tener derechos inalienables del ser humano, tal como el votar y ser votado o la libertad de expresión. El elixir de dicha lucha llegó el 3 de noviembre de 2008, cuando Barack Obama derrotaba a John McCain y con ello, Obama sería el primer presidente afroamericano en tomar las riendas del país más poderoso del mundo.

Pasaron 8 años para que hubiera un cambio radical. El 17 de junio de 2015, Donald Trump anunció su precandidatura a la presidencia estadounidense. El renacimiento de las ideas fascistas, esclavistas y extremistas volvieron a salir de la represión interna que le hacían los gobiernos a estas para no tener ninguna problemática.

De repente el muro ideológico y físico en contra de los mexicanos sería el primero que saldría a la luz con las palabras trumpianas en el apogeo de su campaña presidencial. Los empresarios creían que Trump era la opción porque cambiaría las reglas del juego que impulsó Salinas de Gortari en 1992-1994 con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

En 2016, Luis Videgaray, en conjunto con Enrique Peña Nieto llevarían al candidato Trump a Los Pinos como si fuera el Rey de los Estados Unidos. Más adelante, el 3 de noviembre de ese año, solo veíamos en las pantallas como los estados se pintaban de rojo y presenciamos como Hillary Clinton miraba en el salón de guerra de los demócratas cabizbaja los resultados.

La era del nacionalismo republicano entró en vigor en 2017, algunos tratados internacionales fueron dejados de lado y la sustentabilidad no entraba en planes del gobierno en curso. La economía era estable, pero los acontecimientos sociales requerían la atención que nunca obtuvieron. Fue así como el vaso se empezó a llenar hasta que la muerte de George Floyd destruyó la cortina que quiso imponer el gobierno de Trump y salieron a la luz las realidades del país.

La polarización hubiera servido en caso de no haber pandemia, pero lo que nadie se esperaba sucedió. El sueño del “Make America Great Again” se esfumó en las zonas urbanas del país. Estados como Georgia, Nevada o Michigan cambiaron el sentido de su voto y se volvieron demócratas. Ya estaban hartos de una economía que poco a poco colapsaba.

Los autoritarios se hicieron escuchar en el Capitolio, un representante republicano decía que las personas que habían hecho destrozos en el mismo eran los Anti-Fascistas (ANTIFA) y no los partidarios de Trump. Otros republicanos como el líder del Senado, eran moderados y no quisieron intervenir más en la narrativa del fraude.

Es curioso observar que en Estados Unidos se clama fraude cuando hay una diferencia de 73 votos del Colegio Electoral y de 7, 060,113 sufragios ciudadanos. En México, se argumentó que era fraude por haber una diferencia de 243,954 votos en 2006, ya que era un porcentaje mínimo de diferencia, ¿pero fraude electoral por 7 millones votos ciudadanos y 73 de Colegio Electoral?

Existen republicanos que dicen que la invasión al Capitolio fue planeada por los demócratas para no legitimar la presunción de fraude de Trump. El problema con ello es que en el peor de los casos, en donde “haya sido así”, Trump la aprobó, ergo, indirectamente los protestantes republicanos la aprobaron y aceptaron.

No, con Joe Biden Estados Unidos no será socialista o comunista. Tampoco serán parecidos a Venezuela, Cuba, Argentina, México o Corea del Norte. No son comparables.
Ciudadanos de Estados Unidos, México y el mundo, no caigan en los comentarios de los fanáticos republicanos que dicen que ahora será el infierno. El fanatismo ayuda a los líderes a subir, pero también para ser sus peones de guerra al momento de necesitar tropas para la batalla.

Trump perdió, McConnell y Pence ya lo aceptaron. Dividan y vencerán o unan y protejan sus instituciones. El #MAGA es divisor, es polarizador, es extremista y es conservador de los ideales de 1930. ¿Queremos progreso? El #MAGA no es progreso, es retroceso.