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“Janis Joplin At The Hotel Chelsea” / Imagen: pinterest.com

Cultura

Janis Joplin: Un grito de auxilio que nadie escuchó

Samanta Barbán.

13/Abril/2021

El 4 de octubre de 1970 murió por sobredosis la primera estrella femenina del rock, una lucha para ser más libre de lo que el mundo le permitió.

Después de una época de excesos y vagabundear por las calles de California, Janis Joplin había vuelto a la conservadora Port Arthur (Texas), a casa de sus padres, una familia de clase media que recibió a su hija con los brazos abiertos.

Confiados de que podían “reconstruir” su vida, con su familia apoyándola, Janis había combatido y vencido a su adicción al speed y se había matriculado en Bellas Artes en la Universidad de Texas.

La fraternidad Alpha Phi Omega había organizado un concurso para recaudar fondos con vistas a financiar sus actividades y en dónde se elegía al Hombre Más Feo del Campus, alguien anónimo inscribió a Janis. La universidad empapeló con fotos suyas toda la universidad, donde se leía este texto: “Vota al hombre más feo”. Cuando Joplin vio aquellos carteles se desmoronó como nunca lo había hecho, le recordó el acoso que sufrió en su etapa colegial y lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Entonces, decidió que aquella ciudad tan hostil no era para ella; tenía 19 años y se marchó a San Francisco para iniciar un camino de triunfos y desdichas pocas veces visto en la historia del rock.

El muro que bloqueó emocionalmente a Joplin fue que quiso ser más libre de lo que el mundo estaba dispuesto a permitir: bisexual en una sociedad hasta entonces recatada, con una imagen agresiva en un entorno sumiso, mujer transgresora en un entorno patriarcal, tan salvaje como vulnerable. Fue la primera estrella femenina del rock, con una influencia mucho más allá de las cuestiones de género: su estilo vocal y estético se encuentran en emblemas del rock masculino, como Axl Rose (Guns N’Roses).
Janis Joplin y su última banda, Full Tilt Boogie Band, en agosto de 1970 actuó en el Shea Stadium de

Nueva York. Bettmann. Solía bajar las escaleras del escenario después de un concierto llorando. Así de intensas eran sus actuaciones. Así de intensa era ella: una mezcla de orgullo y dolor, de pasión y honestidad. La interacción entre lo que ocurría en el escenario y la audiencia era el espectáculo; siempre conseguía el efecto de una pila cargando a otra. “cuando ella cantaba oías la libertad”, afirma el ingeniero de sonido Jackie Mills en el libro de George-Warren.

¿De dónde procedía un dolor que conseguía, cuando cantaba, romper el corazón a la audiencia? La imagen regordeta, pecosa y brusca de Janis no encajaba con el perfil estilizado que se suponía debían tener las adolescentes en el lugar donde vivía. En el colegio fue objeto de burlas durante años; ahí empezó su atormentada relación con su cuerpo.

“Janis se enfrentó a un medio hostil y edificó un estilo de lucha”, escribe Myra Friedman, su publicista y amiga, en el libro “Janis Joplin: Enterrada viva.” La futura cantante creó un personaje como autodefensa, un perfil que nunca abandonó: bravucón y grosero. “Rudeza en los modales y cierta complacencia para ser el bufón, para prestarse a ser el objeto del abuso verbal. Cualquier cosa con tal de llamar la atención”, escribió Myra Friedman.

Paralelamente desarrollaba un perfil intelectual, sobre todo a raíz de leer “En el camino”, de Jack Kerouac. Quería experimentar con drogas, viajar, empezó a escuchar música, de artistas negros como Leadbelly, Big Mama Thornton o Bessie Smith su debilidad, no se callaba nada, defendió la integración racial y fue rechazada en un entorno, Port Arthur, donde la amenazante presencia del Ku Klux Klan todavía existía sus compañeros la insultaban y marginaban por ser “la amiga de los negros

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“Janis Joplin, in London, 1969” / Imagen: pinterest.com

Su impactante imagen causaba revuelo: los abrigos de pieles, gafas de colores, sus gorros estrafalarios, la melena asilvestrada, los collares… “Ella se creó una imagen muy potente, al principio de forma natural, pero luego vio que le daba réditos y la potenció, era la época en la que nacieron los grandes fotógrafos del rock y las revistas de música, y Janis era una golosina para sacar en portada”.

Dos meses antes de morir, Joplin se decidió a dar uno de los pasos más importantes de su vida: visitar Port Arthur, la ciudad que la había lastimado, aquella niña regordeta, el bicho raro repudiado, se había transformado en una estrella que transmitía una potente sexualidad. Ella necesitaba visitar aquel entorno opresor que le había condicionado la vida, no era una venganza: anhelaba mirar a los ojos a sus acosadores para ver si vislumbraban cierto arrepentimiento; no lo encontró, “buscaba una reparación final por parte de su ciudad natal, necesitaba el reconocimiento de aquellos que la habían despreciado hace una década”, dice su biógrafa; pero sus ex amigos e incluso sus padres la ignoraron, le echaron en cara que en alguna entrevista, expresara, que sus vecinos la habían herido. “Yo solo quería que me quisieran”, imploró. No ayudó que Joplin acudiera a Port Arthur con su pandilla de hippies borrachines, la madre llegó a decirle: “Me estás avergonzando”, y antes de que Joplin se marchara desolada, los padres habían abandonado la ciudad, “a una boda”.

Janis Joplin murió sola en una habitación de hotel de Los Ángeles, una sobredosis de heroína terminó con su vida, justo cuando iba a lanzar su disco más ambicioso, Pearl, no llegó a verlo en las tiendas, fue su álbum más vendido. Solo 16 días antes había fallecido Jimi Hendrix. Los dos tenían 27 años, una víctima más del club de los 27.