Nacional

El miedo no anda en burro

Ángel Enrique Dupuy

27/Octubre/2020

El COVID-19 ataca a la clase política mexicana, quienes representan la narrativa del mexicano que no cree en dicha enfermedad. Chile logra aprobar en un plebiscito histórico una nueva Constitución que permitirá eliminar la figura de Pinochet.

Ciudad de México, los casos de COVID-19 han incrementado considerablemente y la clase política es el mejor ejemplo de ello. Joel Molina Ramírez, senador del Movimiento de Regeneración Nacional por Tlaxcala, murió el 24 de octubre en el ISSSTE de su lugar natal. Tanto senadores como diputados y gobernadores del país le dieron el más sentido pésame a su familia y amigos cercanos. Pero dicho acontecimiento sucedió porque los senadores sesionaron el 21 de octubre sin las medidas sanitarias necesarias para disminuir los contagios de coronavirus.

En la sesión en que se aprobó la desaparición de los fideicomisos, Alejandro Armenta Mier, senador por Puebla, había dado positivo a SARS-COV-2 10 días antes y aun así se presentó al pleno a votar y debatir sobre los fideicomisos. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades explica que la persona que contrajo coronavirus debe estar entre 10 y 14 días, desde la aparición de síntomas, aislado para no contagiar a más personas. En este caso Armenta solo estuvo 10 días en aislamiento pero no se realizó una prueba para saber si ya estaba libre de coronavirus.

Por otra parte, la sesión se llevó a cabo en la Antigua Casona de Xicoténcatl, antigua sede del Senado, dado que en la sede principal había manifestaciones de las organizaciones opositoras a la extinción de fideicomisos. El problema con la sede antigua es que es un espacio cerrado, con poca ventilación y no hay forma de respetar la sana distancia. En ese momento, la senadora de Jalisco por Movimiento Ciudadano, Verónica Delgadillo, no sabía que el virus se estaba incubando en su cuerpo y se quitó el cubrebocas para hablar en el estrado. Si bien había personal de limpieza que desinfectaba el área, ello no significa que el virus sea eliminado en su mayoría. Entonces los demás senadores se paraban en el mismo lugar, se quitaban el cubrebocas y hablaban. El virus estaba en el micrófono y los senadores lo obtenían sin saberlo. Fue hasta el 25 de octubre que a Delgadillo se le declararon los síntomas.

Los miedos no andan en burro y ya la Junta de Coordinación Política del Senado de la República acordó que ninguna persona podrá entrar al recinto si no tiene una prueba que confirme un negativo a COVID-19. El problema con ello es que existe un sesgo negativo por falta de una variable independiente: el contacto con personas contagiadas después de hacerse la prueba. No porque en la mañana del lunes uno se haga una prueba y salga negativa, significa que no podrá contagiarse en lo que falta del día.


El pueblo unido jamás será vencido

“De pie luchar, el pueblo va a triunfar. Será mejor, la vida que vendrá. A conquistar, nuestra felicidad.” (Ortega & Quilapayún, 1973). La canción de protesta más importante de Chile ha resonado el 25 de octubre en las calles del territorio andino. Se ha hecho historia y los chilenos le han dicho NO a su Constitución. Cabe recalcar que la Constitución fue hecha en 1980 en la dictadura de Augusto Pinochet, en donde los partidos políticos estaban prohibidos y el socialismo-comunismo era penado con cárcel, tortura y la muerte. Sin embargo, dicho emblema del gobierno de Pinochet también hacía prevalecer una inequidad muy alta entre clases sociales que hasta hoy en día continúa en el país.

A principios de octubre de 2019, el gobierno de Sebastián Piñera anunció el alza al transporte público. El problema es que en Santiago, la capital chilena, el transporte es caro. Para acceder al metro tienes que pagar de forma obligatoria una tarjeta que cuesta 70 pesos mexicanos y abonar el viaje de ida que cuesta 20 pesos mexicanos en horarios con baja afluencia. Es decir, el primer viaje en el metro de Santiago cuesta 90 pesos mexicanos.

Es así, como a mediados de octubre empezó el estallido social, los chilenos se manifestaron y velaron por los derechos sociales que la Carta Magna no les otorga como una calidad de vida en donde la seguridad alimentaria, social y educativa exista para todos los habitantes de la República de Chile. Las trifulcas con los carabineros fueron el pan de cada día, hubo manifestantes que inclusive perdieron el sentido de la vista por los disparos con balas de goma hechos por los agentes de seguridad.
El daño estaba hecho y Piñera impondría un toque de queda, el primero en materia de seguridad después de la época de Pinochet. Aun así, los enfrentamientos e incendios siguieron, la oposición no dejó que el oficialismo se saliera con la suya y Piñera no tuvo escapatoria, anunció una serie de medidas políticas que desembocaron en un plebiscito para realizar una nueva constitución.

El domingo, los chilenos salieron a votar en contra de las políticas neoliberales y expansionistas inequitativas del siglo XX. Con un rotundo 73% ganó la aprobación para hacer una nueva Constitución de la República de Chile, solo en 5 comunas fue rechazada dicha opción. Además, se harán elecciones para elegir a la asamblea constituyente, respetando la paridad de género. Chile está a un año de cambiar su historia, de hacer una constitución más social, incluyente y en donde los derechos humanos sean respetados a toda costa. Por supuesto que la clase más alta chilena fue la que votó en contra, dado que sabe que podrían perder privilegios que les otorgaba la Constitución de 1980.
“El pueblo unido, jamás será vencido”