Andrea Meza como Miss Universo / Foto: AFP

Nacional, Opinión

Con una “reina de belleza” y 11 feminicidios al día, así es la realidad mexicana

Brenda Ileana Uribe

20 de Mayo de 2021


Once mujeres son asesinadas cada día en territorio mexicano por motivos de género. La violencia feminicida, sexual, laboral y económica, y psicológica no cesa inclusive en tiempos de pandemia; pero el domingo pasado se nombró a la mexicana Andrea Meza como “Miss Universo”, mujer que representa la belleza de un país que sistémicamente odia a las mujeres, las maltrata y las señala con diferentes adjetivos peyorativos por cuestiones físicas, raciales, de género y de clase social.


¿Cuántas veces no hemos escuchado a alguien –sea de cualquier género– referirse a una mujer con adjetivos como “gorda”, “fea”, “enana”, “negra”, “prieta”, “plana”, “gata”, o cualquier otro que se use con intenciones de desprestigiar, desvalorizar y ofender a esa persona? Y no es que tenga algo de malo ser gorda, fea, enana, y toda esa serie de adjetivos que comúnmente se emplean peyorativamente, sino que –más bien– es el propósito con el que se hace. Vivimos en una sociedad que ha construido su idea de belleza y estética bajo preceptos y filosofías occidentales (europeas), heredadas de un sistema colonial que señaló a las mujeres como un “territorio” de conquista y opresión, que puede ser poseído y subjetivado de acuerdo con los intereses públicos y/o privados que más se ajustaran a las situaciones, a las políticas, y a los marcos socioculturales de cada época.

De esta manera, se instauró un estereotipo de belleza que anula y opaca la diversidad de cuerpos femeninos, y que sigue reproduciéndose. Desde muy pequeñas se les dice a las mujeres qué hay que ser, cómo ser una buena mujer/madre/esposa, que debe aprender a cocinar y saber cómo mantener limpia la casa, que un día el amor de un buen hombre tocará a su puerta y entonces se sentirá feliz y completa, y otra serie de discursos y “deberes” que se interiorizan –casi sin darnos cuenta–, y se convierten en manuales de supervivencia dentro de una comunidad.

Lo cierto es que de esta forma se siguen perpetuando imaginarios que incluso llegan a instaurarse a niveles institucionales y sistemáticos. Así, las mujeres, todas, “tienen que” cumplir con ciertos estándares de calidad –como si de una mercancía se tratara– para ser aceptadas, o al menos bien recibidas, en sociedad; y poder ser reconocidas como lo que son “mujeres”.

En México no resulta raro escuchar o decir insultos u ofensas en contra de las mujeres, o que hacen alusión a sus características físicas (“corres/hablas/pegas como vieja”) como si fueran una aberración o una maldición. Aunque realmente parece ser cierto que en nuestro país es una condena nacer mujer, pues se corre el riesgo de que la violencia sistémica –heteropatriarcal– viole, mate, torture y/o maltrate toda expresión femenina. No obstante, el culto a las mujeres es tan grande que: 1) la patrona de México, religiosamente hablando, es “Nuestra Señora de Guadalupe”; 2) lo más sagrado que tiene un/a mexicano/a es su “madrecita santa” o “la jefecita”; 3) la “reina universal” de un certamen de belleza es mexicana.

México feminicida en Palacio Nacional / Foto: María Fernanda Ruíz


De acuerdo con el foro nacional virtual “Combate al feminicidio, a 8 años de su incorporación en el sistema de justicia: experiencias y desafíos”, en 2020 los feminicidios en México rondaban entre 10 y 11 diariamente, cifra que sin duda alguna altera a cualquier mujer, pues el Estado y las instituciones se han visto rebasados por la violencia machista. Todos los días nos enteramos de desapariciones de mujeres; de demandas por violaciones, acoso sexual, o violencia (física o psicológica) de género; o incluso del hallazgo de cuerpos femeninos sin vida que llevaban días desaparecidas, y que fueron torturadas y/o violentadas.

Sin importar la entidad o municipio, si fue en el espacio público o privado, México se ha convertido en un territorio de guerra para todas las mujeres, pues ninguna está exenta de vivir algún tipo de violencia, acoso o discriminación; y cada día hay que seguir existiendo y resistiendo, haciéndonos presentes en cualquier sitio.

Uno de los primeros indicadores de violencia –aunque no por ello menos importante– son los insultos y las ofensas que las mujeres reciben, y que la mayoría de las veces tiene que ver con el físico. México es un país clasista y racista, donde la mayor parte de la población proviene del mestizaje entre españoles y los pobladores originarios, y, por ende, las características físicas tienden a presentar rasgos indígenas tales como estatura baja, tez morena, nariz “chata”, cabello obscuro, entre otros.

Otro tipo de violencia de género es el social, laboral y económico, en el que las mujeres llegan a tener menos oportunidades que los hombres, tanto a nivel laboral como en educación, pues muchas veces las mujeres y niñas deben quedarse en casa a cuidar a la familia, un rol que históricamente se ha delegado casi en exclusiva a las mujeres. También se debe mencionar la cuestión del matrimonio y el embarazo, pues el primero “convierte” a la mujer en “esposa” que debe velar por el bienestar de su marido y la armonía de su hogar; y la segunda retira o rebaja derechos (como las prestaciones laborales) o discrimina a las futuras madres, pues hay empresas que no contratan embarazadas, o que las despiden por esta razón, o bien piden una prueba negativa de embarazo para poder obtener el puesto.

Manifestación feminista en CDMX / Foto: Archivo El Universal


Lo cierto es que la violencia física y psicológica ha atravesado, seguramente, a cualquier mujer que se le pregunte, pues todas hemos sido blancos de insultos, ataques o acciones que nos han violentado una o más veces en nuestra vida.

Sin embargo, el pasado domingo 16 de mayo se llevó a cabo, en Estados Unidos, la final del certamen internacional de belleza femenina “Miss Universo”, donde la mexicana Andrea Meza se llevó la corona. Medios de comunicación mostraron alegría por este “triunfo para México”, pues incluso en el concurso, al mencionar a la ganadora se escuchó previamente un “Viva México” por parte de los presentadores. Por otro lado, en redes sociales hubo opiniones divididas: que si la mexicana no debía ganar y la peruana sí; o que Andrea era un orgullo nacional; o que quienes decían algo en contra del triunfo de Meza eran unas “viejas ardidas” que jamás en su vida ganarían algo así; o bien que los concursos de belleza deberían ser cancelados y hasta prohibidos.

La realidad es que, al menos en México, este tipo de competencias ya no reciben recursos por parte del Estado. El año pasado se lanzó una iniciativa por parte de la Comisión de Igualdad de Género de la Cámara de Diputados para prohibir dichos eventos, pues representan violencia simbólica hacia las mujeres al perpetuar y reproducir estereotipos de género; aunque también lo hacen de clase y de raza. Con esta prohibición, las instituciones no podían proporcionar recursos públicos, ni apoyo (publicidad) oficial a quienes realizaran este tipo de espectáculos.

Andrea Meza: mexicana vs. el acoso / Foto: Instagram @andreamezamx


Con todo lo anterior no quiere decir que no reconozcamos a Andrea Meza como una mujer que se disciplinó para alcanzar una meta, que se ha pronunciado en sus redes sociales en contra del acoso callejero y abuso sexual –aunque realmente se muestra muy poco–, y que seguramente también ha sido víctima de violencia de género de cualquier tipo. Sino que el ideal de belleza del concurso al que ella asistió minimiza, desvaloriza e invisibiliza toda la diversidad de cuerpos y formas femeninas que existen y habitan no solo México, sino todo el mundo.

La violencia mediática también es una agresión simbólica que se expresa mediante la publicación, reproducción y difusión de símbolos, imágenes, mensajes e ideas estereotipadas, que los medios masivos y electrónicos de información comunican. Es muy interesante la dualidad de nuestra realidad como mexicanas: por un lado, una mujer exitosa, con título universitario y perfecto manejo del idioma inglés representa la belleza de nuestro país; y por otro, la violencia patriarcal sistémica e institucional que a diario se enfrentan las mujeres, desde los imaginarios y ofensas que se gestan en la vida cotidiana, hasta la absurda burocracia –que más bien parece un calvario– al que se enfrentan las víctimas de desaparición, abusos o feminicidios para llegar a la justicia.