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Póster de Antebellum. / Imagen de Lionsgate

Cine

Antebellum, el racismo y el trauma de la guerra

Fernando Roura

15/Febrero/2021

Llega la cinta de los directores Gerard Bush y Cristopher Renz: Antebellum, un extraño retrato de la historia estadounidense a través del lente de la fantasía, violencia y los terrores que fueron invisibles en su época.

Antebellum, de los directores Gerard Bush y Christopher Renz, es una extraña fantasía de venganza que se transforma con lentitud en una alegoría sobre la violencia, el miedo, el racismo e incluso, los terrores invisibles de nuestra época.

Una combinación que pudo resultar desastrosa, a no ser por un guión sólido y su capacidad para resumir cada una de sus inquietudes, en una poderosa e inclasificable película.

En sentido estricto, la palabra Antebellum es “lo que existía antes de la guerra”, aunque en EE.UU. su traducción es aún más específica: hace referencia al periodo en el que se incrementó el secesionismo por parte de los Estados Confederados de América. Esto derivó en la Guerra de Secesión que abarcó los años entre 1861–1865 y que involucró a yanquis y confederados. Un título semejante, podría sugerir el tono y quizás parte del argumento de la película. Pero la producción dirigida por Gerard Bush y Christopher Renz es mucho más audaz que la mera provocación y aunque comienza en el lugar más evidente, una plantación, ambos directores logran que la película sea algo más que una mirada, implacable y dura, sobre los dolores culturales del país.

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Janelle Monáe. / Imagen de Vulture.com

Esta es una historia que medita sobre el racismo y resulta inevitable que lo haga, pero también se relaciona directamente con muchos de los miedos, los secretos inconfesables, la ruptura social y los dolores de una nación que intenta comprenderse, sin lograrlo. Antebellum, con toda su pátina de incómoda versión sobre una Norteamérica rota y retorcida, es un alegato que se nutre de la oscuridad de sus personajes. Una decisión que convierte al guión en un caleidoscopio de percepciones sobre la identidad, el peso de la historia y en especial, la forma en que un país puede asumir y racionalizar los errores.

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Plantación en Antebellum. / Fuente: Wikipedia

Claro está, Antebellum no llega en el mejor momento para ser comprendida como obra independiente de su tiempo, y mucho menos en medio de un debate sobre la discriminación y el racismo que se enfrenta a una reacción casi violenta de rechazo. Pero la película evade la discusión del conservadurismo acerca de los grandes temas sociales actuales. En su lugar, se concentra en un recorrido por la historia estadounidense desde su reverso incómodo: las primeras escenas intentan abarcar casi doscientos años de historia sin cometer el error de pontificar o sermonear sobre lo que muestran.

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Escena de Antebellum. / Fuente: Aullidos.com

En realidad, esta especie de prólogo que Antebellum crea como primer paso hacia su verdadera narración: es solo una sucesión de imágenes que recorren desde la deshumanización de los esclavos, la marcha de los confederados como espíritu de una nación violenta y, sobre todo, los terrores de la esclavitud como mensaje omnipresente en cada secuencia que se muestra.

Lo hace, además, con una mirada fría y corrosiva que resulta casi insoportable. Los primeros minutos de Antebellum son un agónico y trepidante recorrido por la historia invisible de EE.UU.: las largas tomas que muestran la belleza nocturna de las plantaciones se funden con la sangre en las cosechas, los gritos, el pánico que al final de las imágenes, crean un tapiz abrumador sobre lo terrorífico de las historias que no se cuentan. Para cuando la imagen de un lazo que se desliza alrededor de un cuello frágil llega, el mensaje al fondo de este rápido recorrido es uno y muy claro: esto ocurrió, esto pasó, esto se olvidó.

¿Es entonces Antebellum una película sobre el racismo y la esclavitud? ¿Una crítica histórica? ¿Un mapa de torturas y atrocidades como Doce años de esclavitud de Steve McQueen? No lo es en absoluto, tampoco tiene el objetivo de aleccionar, enseñar o denunciar.

En realidad, lo intrigante en el guión de Antebellum es que no se despliega de inmediato y asume el compromiso de mostrar los horrores de la brutalidad y la violencia, sin explicar el motivo. Por fin, cuando el guión comienza a contar lo que desea, es evidente que este argumento tramposo y con la precisión de un mecanismo construido para desconcertar, tiene por única intención que el espectador se vea inmerso en la experiencia, utilizar la empatía para dirigir la atención hacia puntos desconocidos de una propuesta osada y que, en manos menos hábiles, habría resultado débil y confusa.

Antebellum es mucho más que el fantasma de la esclavitud reconvertido en espectro del presente: es una mirada temible a los espectros de la historia, envueltos y sostenidos en algo más doloroso.

Protagonizada por Janelle Monáe como la profesora Veronica Henley, este engañoso juego de espejos utiliza los parámetros formales del cine fantástico para narrar la forma en que Norteamérica se mira en trozos de información incompletos. Desde la identidad de la mujer afroamericana, la rabia del hombre blanco, hasta la necesidad de entender el pasado como un cúmulo de ideas incompletas que necesitan revisión. Antebellum es un experimento afortunado que sostiene y traduce las inquietudes actuales sobre el prejuicio y la discriminación en algo por completo nuevo y en especial, que invita a un tipo de debate novedoso.

Con un brillante elenco integrado por Kiersey Clemons, Gabourey Sidibe, Jena Malone, Tongayi Chirisa y Jack Huston, la película es heredera directa de los comentarios sociales de Get Out de Jordan Peele, en la que el director logró entremezclar el cine de género para crear un discurso crítico con una singular habilidad.

Pero más allá de sus interpretaciones sobre la fantasía como puente para narrar la oscuridad de la historia, Antebellum se enfrenta a una disyuntiva que logra superar con inteligencia y un brillante ritmo: la de no caer en los excesos fáciles de mostrar la violencia solo porque el tono del film así lo requiere.

En realidad, Antebellum está más interesada en utilizar el tiempo como un hilo conductor y al final, la transposición de la historia circular para una premisa inquietante. El film no quiere hablar sobre la guerra de Secesión o la Guerra Civil que fragmentó Norteamérica, sino en realidad lo que podría ocurrir en el futuro. Una posibilidad aterradora que la película revela a medida que las piezas de su amplio rompecabezas van encajando para crear algo más elaborado, más extraño y más duro de asimilar.

¿Es entonces Antebellum un experimento afortunado? ¿Una sátira siniestra? Hay mucho de la esclavitud narrada a la manera del escritor Solomon Northup para lo que sea. Lo macabro, lo gore, lo dantesco está ahí, pero el foco central del guión es convencer al espectador que lo que está viendo es una línea temporal incierta, que se extiende de atrás hacia adelante para hacerse una amenaza.

La película, con su carga inquietante de reflexión sobre el individuo actual, la violencia atemporal y al final, el miedo en todas sus formas, es un recorrido angustioso por capas de información que juntas, crean un mensaje espeluznante. Nunca estamos a salvo, hagamos lo que hagamos. La historia puede repetirse y lo hará sin duda, incluso en la forma más imprevisible.