Cultura

Federico Vargas: “Erase una vez”

Samanta Barbán

21/Enero/2021

Erase una vez Federico Vargas, un artista urbano, un cuenta cuentos...

En algún lugar de Guanajuato, Federico, un chico de 18 años sin nada más que sus sueños en los bolsillos, decide salir y enfrentarse al terrorífico monstruo de la urbe metropolitana. Enfrente se presentaban grandes retos, debía llevar la magia día a día, apropiarse de un espacio que no le pertenecía y hacer soñar a los adultos, que por aquel entonces veían esto como algo imposible; tenía que olvidarse de su persona, para convertirse en el cuenta cuentos.

Encontraría en su camino grandes aliados, artistas que le enseñaron lo que es mantener la chispa encendida en las personas. Desde payasos hasta malabaristas lo acompañaron en su gran aventura, y para lograr esto debía viajar por la república y contagiarse de lo que cada estado le ofrecía. En sus recorridos recolectó a los mejores personajes: los fantasmas más terroríficos, los duendes más picarescos y los héroes más grandes de la historia de la humanidad; pero tenía que practicar mucho, voces, actuaciones y leer fantásticas historias.

Lo primero fue robar la voz a un Quetzal, ahí crece la idea que pronto tomaría forma, aprender a guiarse entre demonios y arlequines. Tenía que viajar, encontrar su rumbo, teniendo en mente una meta, el salir adelante y llegar muy alto a través del arte. Así nace la aventura de convertirse en cuenta cuentos.
Federico Vargas es un artista urbano que busca sacar un poco de la rutina a quienes lo escuchan y pueden disfrutar al menos unos momentos de su gran talento. Adoptó como suya la delegación Coyoacán, hizo de la vida de la gente sus aventuras y leyendas, descubrió la magia que albergaba dentro de él, y logró llevar sus proyectos más lejos de lo que él mismo pensaba.

Nunca ha sido un chico común, cuando aún vivía con su padre y decidió involucrarse en movimientos políticos. Como era de esperarse, no fueron bien vistas esas ideas, y lo mandó a vivir con su madre, argumentando que andaba en malos pasos,. Entonces, tenía solo dos opciones, regresar al entonces D.F. y seguir por sí mismo o aceptar las reglas impuestas por sus padres.

En la escuela había conocido el break dance y se enamoró profundamente del baile, fue la primera vez que sintió el escenario. Con esto como base, cinco pesos y un boleto del metro, decidió irse por su cuenta, sin importar las consecuencias, sin otro sentimiento de por medio que no fuera el pánico de hacerlo solo. Tenía que conseguir dinero, y con el reto de terminar la prepa y conseguir un lugar para vivir, estuvo durmiendo cuatro meses al lado de su escuela. Los vigilantes lo dejaban dormir en ocasiones en la caseta. Entonces un amigo lo invitó a subir a un camión y presentar un pequeño acto, pero: “yo no sabía nada de narrativa, leía mucho pero no sabía cómo hacerlo, pero me dije nunca he visto a una persona subirse y contar cuentos, México es famoso a nivel mundial por todo nuestro folklore”, comentó el artista.

Sus inicios en los actos fueron muy simples, “con cuentos con un desenlace nada sorprendente”, pero poco a poco fue desarrollando afinidad con la gente, viendo qué les gustaba, qué les causaba gracia y empezó a hacer voces. “Al principio eran tristes imitaciones”, pero en una ocasión yendo a Coyoacán se hizo amigo de un payaso, Cocolin, su primer maestro urbano. Subiéndose con él al transporte y viendo como Cocolin se desenvolvía con la gente, poco a poco empezó a pulir su técnica.

Al cabo de dos años, con más experiencia y bastante más dinero, empezó a presentarse en circos y teatros. Fede, como lo llaman sus amigos, se desestabilizó emocionalmente, el lidiar con los espectadores malhumorados, con las frustraciones ajenas, y los problemas personales, lo hicieron perder un poco el piso, y en medio de depresiones, un poco de excesos e incluso intentos de suicido, algo y alguien le regresO al camino. “Siempre he sentido una gran afinidad por la luna, puede sonar la idea más cursi que puedas imaginar pero me muestra el camino…”

Fueron años muy oscuros y a partir de ahí decidió explorar cosas más profundas y comenzar a ocupar su espacio, no solo para entretener sino también para dar mayor difusión a la cultura.

Cinco años ha durado esta travesía, y no puede concebir una vida más hermosa. Su arte le ha otorgado un sinfín de satisfacciones, en el escenario demuestra su verdadero ser, expresa lo más puro de su alma y sabe que a través de su arte puede ser comprendido por el mundo.

No importa si la vida le da otra alternativa, sabe que si tiene una araña tatuada en el cuello jamás lo recibirán en una oficina.